Dentro de la solemne celebración eucarística que tuvo lugar en la Casa General, el P. General Jean-Michel Amouriaux, pronuncio la homilía que a continuación compartimos.

En esta ocasión, como es costumbre, los Eudistas que están al servicio de la Congregación en la Casa General renovaron su promesa de Incorporación, acompañados por la fraternidad y la oración de numerosos sacerdotes diocesanos que viven en esta casa. La celebración se prolongó en un almuerzo festivo, al estilo romano, en un restaurante del barrio.

“Una vocación en común con la de la Madre de Dios”
Homilía del Padre General en la Solemnidad de la Anunciación
25 de marzo 2017

Cuando en la Iglesia celebramos una fiesta, no nos quedamos en el pasado. Nos colocamos siempre ante tres registros: la memoria, el presente y el futuro. Así está estructurada nuestra fe. Recordamos los hechos históricos que ocurrieron en el pasado porque no estamos en un mito. De esta manera se entiende que el pasado está todavía presente y nos lleva hacia el futuro. La forma más sencilla para entender la estructura de la fe es la resurrección: cuando proclamo la resurrección de Jesús de la tumba en Jerusalén, enseguida estoy en el presente: ¡Él está vivo! Y así se plantea la cuestión de mi devenir y de mi resurrección.

Pero lo que digo de la resurrección conlleva una comprensión de los misterios de la vida de Cristo: todo lo que Cristo ha vivido y llevado a cabo permanece vigente todavía hoy; todos los misterios de la vida de Cristo se unen a nosotros –aquí y ahora- y nos llevan hacia el pleno cumplimiento. Así entendemos el misterio que celebramos hoy: la encarnación del Hijo de Dios en la carne de la Virgen María. Se trata de un evento único, en el espacio y en la historia. La Virgen María tuvo la gracia única de ser llenada por el Espíritu Santo y de generar en su carne al Hijo de Dios para que entrara en el mundo.

Cuando recordamos este acontecimiento, no hablamos solamente de lo que ocurrió en el pasado, sino que manifestamos su “sí”, que es nuestra fe: es por medio de la fe que todo ser humano puede acoger en su ser la presencia de Cristo. Pero nosotros acogemos a Jesús de una forma distinta a la de la Virgen María, lo recibimos en nuestro ser, en el corazón que es centro de vida, lugar interior de libertad, puesto al interno, donde voluntad y sentimientos están unidos. Podemos decir que el Padre continúa produciendo su Palabra con la potencia del Espíritu Santo. Dios Padre continúa pronunciando su Palabra de vida, revelando su Hijo a nosotros. Estas son las palabras de san Pablo en el primer capítulo de la carta a los Gálatas (1,16). Y es así como continúa formándose en nosotros. En la misma carta a los Gálatas (4,19), san Pablo dice: “¡Hijitos míos!, por Ustedes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en Ustedes”. ¡Él habla de Jesús que se forma en los fieles, usando las palabras “concepción” y “parto”! El Verbo de Dios, la Palabra de Dios, está destinada a habitar en lo interior de nuestras personas y a crecer y permanecer ahí, para transformar nuestros cuerpos como templos de su santa presencia.

Es fácil entender por qué san Juan Eudes escogió esta fiesta para fundar su Congregación: había escrito en 1637 la “Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas”, según él: “El misterio de los misterios y la obra de las obras es la formación de Jesús en nosotros”. La finalidad de la Congregación es ayudar y acompañar esta formación interior de Jesús en todos los miembros de la Iglesia, tanto laicos como sacerdotes.

¡Qué gracia tan increíble! ¡Y es por fe que creemos en este increíble! El sacramento que celebra esta generación, esta formación de Jesús, es el bautismo, el sacramento de la fe por excelencia. Y lo que alimenta el crecimiento de Cristo es la comunión con su cuerpo, el misterio que aún hoy celebramos. Nosotros, pobres y pecadores, somos arrancados del polvo y exaltados como Príncipes, coherederos del Hijo de Dios.

Más aún, nosotros los sacerdotes, escuchando el evangelio de la Anunciación, nos atrevemos a ponernos en el puesto del Ángel Gabriel: estamos al servicio del ministerio, que es el primero que anuncia el Verbo, para hablar de la Palabra de manera que genere a Cristo en los corazones de los fieles. Somos responsables de la celebración de los sacramentos de la fe a través de la cual el Verbo encarnado toma cuerpo real en la vida de los fieles. Somos responsables del acompañamiento del cuerpo de Cristo en su crecimiento.

Escuchemos una vez más a san Juan Eudes: “La formación de Jesús es la obra más santa y mayor de la santa Iglesia, la cual no tiene oficio más alto que el que lleva a cabo cuando, por boca de sus sacerdotes, produce a Jesús en un cierto admirable modo en la Eucaristía, y cuando lo forma en los corazones de sus hijos, no teniendo en todas sus funciones otro fin que el de formar a Jesús en las almas de todos los cristianos”.

¡Esta es nuestra vocación! ¡Nosotros, pecadores y pobres, hemos sido escogidos para hacer nacer y crecer al Hijo de Dios en las almas del Pueblo de Dios!

Continuamos admirando lo que el Señor hizo en la vida de la Virgen María, lo que hace en la vida de sus fieles y lo que les confía a sus sacerdotes. Demos gracias en nuestra celebración eucarística. Nuestra vocación es inmensa, es común con la de la Madre de Dios, esto es, llevar hoy a Cristo en el mundo, él quien libera a los oprimidos, consuela a los afligidos, da esperanza y salvación. A través de nosotros Cristo continúa y completa su misión. Y podemos hacer todavía más: dejemos que Él viva y reine en nosotros. Por eso, pidamos a la Madre de Dios que nos guíe en esta acogida del Verbo encarnado y lo dejemos crecer en nosotros, hasta decir con san Pablo: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Amén.

P. Jean-Michel Amouriaux, cjm
Superior General
Roma, 25.03.2017

 

 

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